Apabullante recital de Nacho Sánchez

8/06/2017

Apabullante recital de Nacho Sánchez

Si a alguien le hacen falta razones para ir al teatro, “Iván y los perros” es en sí misma una razón. Porque es un recital absolutamente apabullante de su centro, su eje, su (única) razón; Nacho Sánchez.

Cierto, el texto de Hattie Naylor es regulero. La aventura de Iván, abandonado en medio de la ciudad, sobreviviendo entre perros y sin caer, como por arte de magia ni en abusos, ni en peleas, ni en todo tipo de sordideces perfectamente creíbles en un Moscú post soviético es cuanto menos, increíble. Aunque también resultaba increíble el engaño de “M.Butterfly”. Pero en este caso encima es que está tan edulcorado que casi dan ganas de lanzarse a las manadas de perros que gobiernan por ejemplo, Atenas.

Historia blandita, con una poética que sólo consigue alejar la historia de ti, muy bien iluminada y con un gran espacio sonoro.

Pero por encima de todo, Nacho Sánchez y su mirada. Nacho es de esos seres especiales, únicos. Mira y se nota que ve. Esa mirada está rellena. Y su cuerpo se ablanda, rejuvenece, se tensa, sufre, salta, gira, se encorva, se retuerce, hace mil millones de alardes físicos para demostrar que cuerpo y mente a veces, van y deben ir unidos. Portentoso trabajazo. Razón más que suficiente para ir a ver esta historia que si tiene fuerza (y la tiene) es por el magnetismo y la implicación de este gran actor. Ya ha hecho grandes cosas, pero le espera el universo. Si no, al tiempo.


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Iván y los perros

Iván y los perros

Iván y los perros, ocurrió. Fue una historia real, la historia de Iván Mishukov que con tan solo cuatro años tuvo que escapar de un padrastro que lo maltrataba y de su madre alcohólica que era incapaz de defenderle, y se echó a la dura calle del primer Moscú post-soviético donde la historia de Iván no era la excepción: cientos de niños se guarnecían del frío en las estaciones de metro junto a sus perros callejeros.

Iván ve en lo profundo de los ojos de cada perro algo tan grande que sólo puede nombrar a través de la metáfora: como si en los ojos de cada perro estuvieran todos los perros del mundo, conformando una camada global unida en salvaje hermanamiento.

Iván encuentra en sus perros el amor que el mundo le niega, por eso el texto es un alegato a encontrar lo humano en otro sitio cuando vemos que en el vecino, o en nosotros mismos, se ha evaporado. Un aullido necesario para estos tiempos.

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