Todo lo que necesitas para ir al teatro

Carolina África, Patricia Benedicto, Conchita Piña “El teatro es una tirada a la piscina continua”.

5 julio, 2018

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Poneos en situación, imaginad la pasada Feria del Libro de Madrid. Una tarde de sábado con clima inestable. Las casetas están comenzando a abrir tras el parón de la comida. Los cazadores de firmas llevan tiempo aguardando su turno en filas eternas. En la parte de atrás de las casetas, la actividad comienza a desperezarse. Libreros, editores, autores, van ocupando sus lugares. En la caseta 184, la de Ediciones Ántigona, el equipo de Teatro Madrid  se ha citado con Carolina África, autora de Vientos de levante, Patricia Benedicto, creadora de Moscú 3442 Km y Conchita Piña, una de los tres componentes de Ediciones Antígona, para conversar. Tres mujeres comprometidas con el teatro desde diferentes ámbitos a las que hemos propuesto un juego diferente, esta vez serán ellas las que plantearán las cuestiones que les gustaría conocer de sus interlocutoras, queremos que hablen de ellas, de su entorno, de su profesión, que nos desvelen quiénes son como mujeres y como creadoras, pero de una manera desenfadada, entre colegas. Una conversación cruzada que nos va a dejar entrever una parte mucho más íntima, y en muchos momentos más divertida, de lo que se cuece en lo que podría ser la cara oculta de la escena.

LOS INICIOS. DE DÓNDE VENIMOS HACIA DÓNDE VAMOS…

Conchita Piña.- Cuando erais pequeñas y os proyectabais en qué queríais ser de mayor, ¿habíais pensado que queríais hacer esto? Me refiero a vuestra actividad como dramaturgas.

Patricia Benedicto.- Creo que mi primera obra la escribí con 7 años en el cole, la dirigí, era una cosa rarísima, muy surrealista. Siempre estaba disfrazada, tenía una maleta llena de disfraces, cada día quería ser una cosa y no sé en qué momento descubrí que querer todo eso, ser mucha gente, esa necesidad de crear otras realidades, tenía que ver con ser actriz. Pero nunca pensé en escribir ni en dirigir, fue como que se me iba quedando corto lo otro, como que necesitaba ir configurando mis realidades… y lo de editar un libro, ¡jamás lo pensé en la vida!  ¡Y mucho menos lo de estar firmando!

Carolina África.- En mi caso es muy curioso porque me dedico exactamente a aquello que me hace muy feliz desde muy pequeña. Yo quería ser escritora, pero me gustaba mucho hacer las obras de teatro. Es bonito pensar que me dedico exactamente a aquello que me hace feliz desde que soy pequeña. Siempre disfrazándome e imitando a mi hermana la mayor. En mi pueblo pensaban que la talentosa para el teatro era ella y que yo la imitaba. (Entre risas) Era muy frustrante cuando llegaba al pueblo y me decían “¡Pero bueno! ¿Tú? Tu hermana bueno, pero tú no” Mi hermana siempre dice que es verdad, que yo asumí que eso era un juego, pero muy serio, o sea, que yo me impliqué mucho. Yo de pequeña sí soñaba con firmar libros, pero nunca he estado en una caseta y para mí es un sueño cumplido.

Teatro Madrid.- ¿Y tú, Conchita?

CP.- Siempre he tenido un carácter teatral. En mi vida, en mi familia siempre ha habido esa cosa como de hacer cosas relacionadas con lo artístico, pero nunca pensé que yo me fuera a dedicar a nada relacionado con el teatro. Siempre he querido estudiar medicina, tengo un tío médico y para mí era como un ideal, ayudar a la gente, salvar vidas, cuidar a los niños, una serie de cosas como muy voluntariosa, ¿no? Pero en la adolescencia tomé consciencia del hecho de la muerte, no solo de que te mueres, eso ya lo sabía, si no de la reflexión del hecho de que el tiempo es finito, entonces me desligué inmediatamente de cualquier cosa que tuviera que ver con la medicina y me dediqué a la literatura y al teatro, me enfoqué y, a partir de ahí, empecé como actriz aficionada y estudiando filosofía, buscando respuestas, pero lo único que encontré fueron más preguntas. Fue ahí cuando decidí que estaba claro que era el teatro lo que iba a vertebrar mi vida y ahora me dedico a lo que creo que en el fondo siempre me he querido dedicar.

LA DRAMATURGIA, ¿SE NACE O SE HACE?

CA.- En este mundo tan inestable, tan precario, que no sabes nunca de qué vas a comer, que la economía va fatal, ¿cómo tomaste esa decisión de decir, dejo un puesto fijo y me monto la aventura de abrir una editorial, cuando se cerraban un montón de librerías?

CP.- Lo primero fue tener un impulso, una intuición y lo segundo tener unos socios maravillosos con los que involucrarte en un proyecto, luego tener una familia que te respalda porque realmente este proyecto editorial ahora funciona muy bien y es una maravilla en todos los aspectos, pero es verdad que al principio no podía nacer si no era con ayuda. Isaac y yo dejamos nuestros trabajos, Ignacio sigue en la universidad, es profesor de filosofía antigua, pero fue por eso, porque había que involucrarse al máximo, y además muy respaldados, porque era dejar una posición cómoda de vida, renunciando a cosas, aunque realmente no renuncias porque si no quisiéramos, no estaríamos aquí ninguno.

PB.- El mundo editorial es complejo, pero el mundo editorial teatral… Es verdad que vosotros estáis haciendo ahora un esfuerzo porque el teatro también se lea, pero fuera de nuestro entorno es algo que la gente no presta atención.

CP.- En teatro hay muy poco editado, pero realmente, hace 20 años había menos todavía de lo que hay ahora, o al menos, menos visibilizado. Estamos impresionados de que una cosa que era casi una necesidad personal, se haya convertido en una herramienta de uso casi público. Pero no solo dentro del gremio, si no en este cuerpo de espectadores de teatro que también se están convirtiendo en lectores de teatro. Es una maravilla que, de una necesidad, se haya creado un espacio para que la literatura dramática vuelva a tener ese sitio que yo creo que siempre ha necesitado.

CA.- Ha cubierto un vacío social. Eso antes no existía, se hacían las obras y desaparecían.

CP.- Uno de nuestros empeños es hacer que autoras y autores de teatro que escriben pensando en la escena, o que nunca se hubieran pensado que fueran dramaturgos, publiquen.

PB.- Yo me considero más una directora que escribe que una dramaturga que dirige. Si yo no voy a montar, no escribo. A mí me cuesta mucho escribir, soy vaga, tengo que tener una necesidad enorme de escribir. Yo tenía muchos diarios de pequeña, que los leo y digo ¡dios mío!, ¡estaba fatal! Me dan ganas de viajar al pasado y darme un abrazo y decirme, tranquila, que todo mejora. (Risas)

CA.- Yo me veía como escritora, pero nunca como escritora de teatro. De hecho de pequeña me daba mucha pereza lo de leer los nombres de quien habla. Yo me veía de novelista. Lo del teatro me llegó por otro lado.

PB.- Conchita, ¿cuándo recomiendas que hay que leer un texto de teatro? ¿Antes o después de ver la obra?

CP.- Si te está aburriendo mucho la puesta en escena… ¡durante! (Risas) Hombre, yo te diría primero léelo, pero da mucha rabia saber los finales antes de ir a ver la función. Creo que por mi experiencia de frustrarme todos los finales maravillosos, si tienes la posibilidad, mejor verlo y luego leerlo, porque leerlo te rompe la sorpresa final.

¿QUÉ ES LA VIDA? MOTIVACIONES Y SUEÑOS

CA.- Yo quería preguntarte a ti, Patricia; como tienes esa triple vertiente de dramaturgia, interpretación y dirección, ¿cuál de todas ellas es el motor que para ti dispara a los otros dos?

PB.- Para mí el motor es siempre la dirección. Hay una necesidad, pero esa necesidad se construye antes en imágenes que en texto. Soy un poco plasta, necesito leer mucho antes, precisamente porque no tengo mucha soltura escribiendo, no es lo que hago habitualmente, entonces necesito leer y tener un corpus teórico muy gordo. La voy construyendo y después la vomito en forma de texto, de imagen… escribo en cuadernos, extiendo cosas en mi casa, pegándolas; escribo casi de una forma más visual que textual. Por eso parto más de la directora que de la dramaturga. Luego, cuando me lanzo a escribir, sí que lo hago bastante y ahí entra la parte de disfrute de escribir, corregir, jugar. ¡También me gusta escribir! Que parece que no me gusta, pero me gusta.

CP.- Oye, ¿y tú, Carolina? Ya aprovecho y reboto la pregunta.

CA.- Mi motor es distinto. Yo tenía el deseo de ser escritora, pero si tuviera que elegir un motor de los tres, para mi es la interpretación. Escribo cosas que me gustaría hacer como actriz o cómo visualizaría decir esas palabras, el sentido del ritmo. Cuando estás en escena y te están dirigiendo, piensas: “¿No ves que esto se cae? O ¿No ves que esto no se hablaría así, que se hablaría de otra manera?” Creo que mi motor es sintiéndome encima del escenario. De hecho me pongo muy nerviosa en los espectáculos en los que no estoy dentro. Como actriz puedo enhebrar una aguja, pero como directora me muero. Y luego con la dramaturgia también me considero muy procastinadora, vaga… Si tengo una idea de algo que quiero hablar, me centro un tiempo y es cuando escribo, pero no tengo esa rutina o esa disciplina. Me puedo tirar meses y meses sin escribir nada. Mi atención viene de poder observar algo que digo “¡Es que esto encima del escenario sería brutal!”. Soy una persona que tengo en mi vida situaciones muy rocambolescas, desde el metro a mis amigos, familia… ¡Viven con miedo! Porque luego es susceptible de que vaya a una obra (Risas).

CP.- ¿Qué textos que no son vuestros os gustaría dirigir?

PB.- Yo ya la he dirigido, soy una fanática de Edipo. Fue mi montaje final de carrera en la RESAD, lo que pasa que no fue tal cual, fue una versión pasada por la filosofía. Soy un poco “edípica” en mis relaciones familiares (Risas) y es un texto que sé que revisitaré varias veces de diferentes maneras. También Chejov, pero me interesan los diálogos, no me interesan tanto los textos.

CA.- Yo tengo un montón porque soy una apasionada de Lorca y tengo en la cabeza muchas propuestas, pero también Hamlet es una obra que llevo mucho tiempo queriendo hacer, realizando una inversión completa de personajes masculinos y femeninos, un cambio de roles. Las tragedias me apetece traerlas, me apetece un montón.

CP.- Es que las tragedias ponen.

CA.- ¡Las tragedias me ponen muchísimo! Y luego una cosa de verso porque me gusta muchísimo y se me daba muy bien, y soñaba con hacer La dama boba, pero la hizo Sanzol y dije “Mierda, ahora habrá que esperar mucho”, de hecho mi idea de La dama boba era con las dos infantas españolas…

PB.- ¡Espera a que quiten la ley mordaza! (Risas)

AQUÍ HEMOS VENIDO A CONTAR… PERO, ¿EL QUÉ?

CP.- ¿Cuáles son vuestros grandes temas? ¿Qué es lo que queréis contar en el escenario?

CA.- A mi esta pregunta es como cuando te obligan a hacer una sinopsis de tu obra, es una de esas preguntas que son más una putada que una pregunta. (Risas) A mí siempre me dicen que escribo temas de mujeres. Obviamente soy mujer, me identifico con los personajes que escribo y hay una cosa de que mis personajes suelen ser mujeres con conflictos potentes que a lo mejor, tradicionalmente, no ocurre tanto en el teatro, pero no es que yo escriba de temática de mujeres, puedo decir que he hablado del Alzheimer, de la enfermedad mental, de los cuidados, de las familias, a lo mejor son temas sociales, pero el tema del que yo digo que escribo es de la Vida. Ahora acabo de ser mamá y la siguiente obra va sobre la maternidad, no porque yo creo que sea necesario hablar sobre la maternidad, sino porque el hecho de serlo a mí me ha trasformado y me ha hecho reflexionar sobre el serlo o no serlo, o perder un hijo, el hecho de anhelarlo y no poder. Lo que a mí me golpea es lo que me impulsa a escribir. No me gusta abordar los temas desde un lado demasiado elevado. Para mí lo elevado llega desde lo cotidiano. Las grandes reflexiones que yo me llevo son, cuando desde lo pequeñito, algo me sacude y me hace reflexionar sobre lo grande, no al revés.

PB.- Depende mucho de tu momento vital, de las cosas que te estén pasando, que no las puedes dejar atrás. Creo que el tema de la identidad sí que está bastante, por eso digo que soy edípica. La última pieza que he estrenado era sobre mi madre, sobre mi abuela, como una vuelta a la casa. Yo no soy tan cotidiana porque la realidad me pone muy nerviosa, nunca me ha gustado mucho, entonces necesito ir a otros lugares, nunca he sido muy de pensamiento normal, si no que siempre he estado muy flipada, necesito buscar la extrañeza. El amor siempre, desde muchos puntos de vista, y la vida también, como gran pregunta. Cuando me di cuenta que era finita. A  mí me crio mi abuela, era una anciana con esa cosa de la muerte muy presente, era consciente de que se podía morir y la escuchaba por la noche decir “Por favor, que me levante, mañana”… Entonces, es un poco eso ¿qué es la vida? ¿Para qué estamos? Ahí me muevo bien.

CP.- ¿Creéis que el teatro tiene que tener este valor filosófico? ¿Creéis que el teatro se puede desligar del pensamiento existencial? ¿Se puede hacer un teatro que no hable sobre algo profundo? ¿Hacer un teatro político, no referido a la política sino a la “polis”, que interese al ciudadano?

CA.-  Poder se podría hacer, pero cuando uno tiene una experiencia teatral que te da la vuelta, que sales de allí como habiendo entendido algo o haciéndote una pregunta, o algo que te haya cambiado un poco la vida, siempre va ligado a porqué sucede algo de eso. Y si no sucede, pues ese día te vas un poco con la sensación de haber echado la tarde sin más.

CP.- El teatro te tiene que afectar, no solo porque te veas reflejado en lo que cuenta, si no, precisamente porque no te veas reflejado o porque la pregunta que te platea no la habías pensando nunca. O te acerca a realidades. Yo, por ejemplo, con vuestros textos. Con Vientos de levante me pasó. La enfermedad es un tema que queremos no verlo y sacarlo de la vida cotidiana, sería como lo escatológico en la vida, pero de repente se convierte en el tema central de una obra de teatro y vista con ese cuidado, con ese amor, con ese humor, con esa forma de ver una enfermedad trabada en la vida. A mí me tocó mucho porque soy muy dramática para esas cosas. Fue a una lección de vida.

Y viendo Moscú también me pasó. Lloré un montón viendo Moscú. Sobre todo porque me encantó la propuesta filosófica del hecho de ver a los actores hablar con esa desritualización del teatro y los personajes. Y luego también ver que al final no te puedes desligar, que los actores que hacían los personajes no pueden dejar su vida, no pueden estar contando algo sin expresar lo que ellos están sintiendo, es como esa experiencia vital.

Me pusieron en un sitio como espectadora en el que yo no quería estar.

PB.- Es importante porque uno deja mucho de sí mismo ahí. No solo en las dificultades de producción y demás, si no cuando uno está encerrado en casa delante del ordenador o del cuaderno, a veces transitas por sitios que no son agradables, no te puedes distanciar porque están ahí y esperas que eso atraviese que no se quede en nada.

CA.- Yo también tenía mucho miedo porque estaba tratando la enfermedad mental y eso lo tienes que hacer con una honestidad muy grande para que no sea una burla y esperas que el público lo reciba con el amor y el respeto con el que lo he escrito. Si la gente recibe eso mismo que tú querías dar, es brutal, es maravilloso.

SI MIRO AL HORIZONTE, PUEDO VER…

CP.- ¿Cómo os veis en un futuro? Soñando un poco, ¿qué es lo que más te apetecería hacer? Y si no os dedicarais al teatro, ¿a qué os dedicaríais?

PB.- Una vez, hace años, estuve a punto de convertirme en guía de viajes en la India. Porque no se dieron las circunstancias, si no, lo hubiese sido porque fue una época de mi vida que estaba harta del teatro. Acababa de llegar de un viaje a la India, estaba flipada, me quería ir a vivir allí, un colega iba a abrir una agencia de viajes y me ofreció la oportunidad de irme a vivir allí ocho meses y llevar grupos españoles… porque no le salió lo de la agencia al final, si no, estaría ahí. Eso es lo más cerca que he estado de cambiar de profesión, el resto nada, ¡mi vida echada a perder con las tablas! (Risas)

CP.- Ser modelo en una pasarela de Tokio ¡sería uno de mis grandes hitos! (Risas) Me encantaría hacer algo de teatro como actriz más largo de lo que estamos haciendo con las Micromachines. Algo que me hubiera gustado ser que no tuviera que ver con el teatro… Fui profe, me gustó mucho la experiencia y volvería a ser profe ¡O Londinense! jajaja

CA.- Siempre he querido dedicarme a esto, pero en los momentos de stress y de presión, que de repente haces números, IVAs, que una producción no ha entrado… En lo último que he escrito cortito, una revisión del cuento de la lechera, decía de ser pastelera. Simplemente es esa cosa de cuando pasas por una pastelería y hueles a pasteles y a pan y dices “se paraliza el mundo” y después me decían “Sí, sí, te vas a levantar a las cinco de la mañana a hacer la masa y todo eso…” ¡No lo sería! pero en algo ideal, en un pueblecito… luego seguiría escribiendo por la noche y daría clases de teatro a la gente del pueblo, pero es esa cosa de hacer pastelitos, es algo que está rico, que huele bien y que a la vez hay que tener mucho arte para que sean bonitos.

PB.- La mejor parte del teatro es la de estar encima del escenario.

CP.- Sí, yo creo que sí, es la que más placer produce

CA.- ¿De aquí a cinco años dónde os veis?

CP.- A mí me gustaría estar así, igual. Bueno… ¡Con el pelito un poco más largo! jajajaja Seguir haciendo el proyecto de la editorial, vertebrar los proyectos que tenemos pendientes, como el del Cervantes Theatre, lo de la agencia de dramaturgos, ir forjando más proyectos, pero no me gustaría no verme aquí.

CA.- A mí me gustaría seguir haciendo lo que hago, pero quizá con más facilidades. Es verdad que cuando no tienes las facilidades es cuando la creatividad más te salta porque no te queda otra y tal, pero sí que me gustaría que fuera un poco más fácil seguir haciendo lo mismo. Escribiendo, dirigiendo, actuando, pero en proyectos en los que no siempre te la juegues tanto, ni sufras tanto.

PB.- ¡Me gustaría ser Ministra de Cultura! jajajaja

CA.- ¿En serio? ¡Sería un marrón horrible!

PB.- Me gustaría hacer cosas en mejores condiciones, tener espacio para poder probar cosas. Tener dinero para soñar un poco, estar siempre en precario, peleando es siempre frustrante.

CA.- ¡Hacer una producción con pasta detrás!

PB.- Con toda esta experiencia de Teatros del Canal ves donde hay, aparte de talento, como un sostén que tiene que ver con la economía y tiempo para pensar.

CP.- Sí, no es cuestión de dinero por tener dinero.

PB.- Eso es, es para poder pagar a la gente, que no tengan que tener ocho mil trabajos, que puedas estar relajado, que puedas tener tiempo simplemente para probar, ver, para pensar…

CA.- A veces sí que pienso que hay un punto mentiroso en las redes. Como que la gente me dice, “Tía, es que no paras, estás en una peli, estas en esto, en lo otro…” Entonces dices, “¡joder, las cosas que hago!” pero eso a final de mes, muchas veces, no se traduce ni en un sueldo de mil euros. Es verdad que yo estoy todo el tiempo sembrando sandías, regándolas cuidándolas ¡y no viene nunca ni una puta sandia! Pero de repente te llega un cargamento de melones que tú no te esperabas y dices ¡pues venga! Es como que siembras por un lado y recoges por otro. Pero si es verdad que yo ahora me pienso y no sé qué voy a hacer de aquí a dos meses y piensas “Tendré que confiar y saldrá”, pero es una tirada a la piscina continua.

PB.- Yo tengo un sueldo fijo, más o menos, pero puedo llevar proyectos a costa de estar 14 horas currando, literales. Muchas veces a costa de tu vida personal, de tu integridad física…

CP.- Sí, a veces, más que las ganas es el cansancio lo que te hace pedir una tregua. Sacar adelante una actividad artística que no produce nada más que una experiencia… Bueno, ¡nada más y nada menos! Yo tengo como contrapartida una cosa física que es un libro, la editorial, pero aun así, el esfuerzo es enorme. Mi profesión es mi forma de vida.

CA.- Para mí también.

ENDOGAMIA Y PROCASTINACIÓN, ¿NUEVOS PECADOS CAPITALES?

CP.- Quien vive conmigo o en mi entorno, o quien es mi amigo, tiene que asumir que mi vida es así, que se tiene que venir conmigo al teatro, que tengo que corregir noséqué, que le pongo a leer… ¡pero está muy bien! Pero cuando me dicen “¿Qué haces como ocio?”… Me encantaría decir que hago windsurf, pero es que es mentira…. Yo no sé si tengo ocio.

CA.- A veces parece que lo de ir al teatro lo tengo más como una obligación que como un disfrute y a veces pienso que necesito parar de ver teatro, sobre todo porque necesito experiencias vitales para poder escribir, a mí también me gusta salir de este micromundo.

Esto nos lleva a otra pregunta, ¿para quién hacemos teatro? o ¿qué es esto de la profesión? Porque si somos nosotros viéndonos a nosotros ¿a qué público quiero llegar? Yo, por ejemplo, siempre lío al alcalde de mi pueblo para llevarle alguna cosa y gente de mi pueblo, que nunca en su vida han ido al teatro, vea cosas de teatro porque ese público tampoco me lo quiero perder. Quiero saber cómo reciben las cosas. Este mundo endogámico que tenemos que quedas con amigas, yo que conservo muchas de la infancia, y que dices, como se vengan a una reunión de teatro a tomar unos vinos, a las dos horas no te aguanta nadie porque, a veces, somos un coñazo bastante importante.

PB.- Bueno, yo creo que pasa en todos lados. Mi chico es publicista y cuando se juntan unos cuantos publicistas, solo hablan de anuncios. Yo también tengo amigas desde los cuatro años y a veces pienso, ¡es que me aburro porque no puedo hablar de teatro!… ¡No! No es tan radical. Estoy de acuerdo contigo, lo del ocio, yo tampoco creo que tenga mucho ocio porque cuando vas al teatro, en realidad estás hablando, mirando, analizando, o si estás viendo una serie pasa lo mismo. Me encanta en el verano comprarme la Cuore, tumbarme en la playa y ojearla, ¡esas son vacaciones!

CP.- Claro, desconectar un poco porque es lo que tú dices, al final vas al teatro, pero vas a currar.

PB.- Yo tengo una última pregunta, ¿Cuándo consideras que una idea ha sobrevivido suficiente como para convertirse en texto?

CA.- Pues, como yo soy muy procastinadora, creo que han resistido cuando han pasado meses, y a veces años, y me siguen golpeando. Vientos de levante la escribí, por ejemplo, dos años después de que fuera a visitar a los enfermos mentales donde una amiga mía trabajaba y lo supe porque volví a Cádiz y esa idea seguía ahí. Creo que es cuando me golpea tanto, que me aborta la pereza.

CP.- ¿Y tú?

PB.- Pues tiene mucho que ver. Cuando algo te persigue y te persigue… Es como cuando te gusta alguien, que te descubres pensando en él a todas horas, ¡pues es eso! Y a veces lo vas posponiendo porque sabes que en el momento que arranques, ya no hay vuelta atrás, ya no hablas con nadie y vives encerrada.

CA.- A mí lo que también me funciona, que a lo mejor es muy patético, son los plazos. Si te dan la beca de noséqué, y dices: “Esta es la fecha”, pues los primeros cuatro meses no haces nada y luego el último mes y medio vas con la lengua fuera, que después dices “¡Ay, si tuviera cuatro meses!”, pero si me dieran esos cuatro meses, sé que lo volvería a aparcar.

CP.- No hay que estudiar el último día.

CA.- El problema es que a mí me iba bien cuando estudiaba el último día

BP.- ¡A mí también!

CP.- ¡Me encantaría repetir esta entrevista dentro de cinco años! Para ver si estamos donde queremos estar.

¡Pues ahí queda lanzada la propuesta de una nueva cita! Quizás dentro de cinco años volvamos a sentarnos en la parte de atrás de la caseta de Ediciones Antígona para repasar y comprobar qué ha quedado de lo que aquí se dijo.

Texto y Fotos José Antonio Alba.

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